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domingo 24 junio 2018

La Casa-Torre del Consulado

Un edificio con historia

Detalle de un proyecto de ampliación del puerto de Donostia que no llegó a realizarse. Pedro Ignacio de Lizardi, 1773. Biblioteca Nacional, Madrid

Situado junto a las rampas de varada del puerto de Donostia, el edificio que es en la actualidad sede del Untzi Museoa, constituye, en sí mismo, un notable elemento de valor patrimonial. Vinculado a la historia marítima de la ciudad desde mediados del siglo XVIII, es uno de los contados edificios que se salvó de la destrucción del 31 de agosto de 1813 y único vestigio arquitectónico del Consulado de San Sebastián que ha llegado a nuestros días.

Casa-Torre del Consulad, 1773Como agrupación de comerciantes marítimos, patrones y propietarios de barcos, el Consulado –fundado en 1682– fomentó el comercio y la navegación, y promovió obras de mantenimiento y mejora de puertos y caminos. Durante el Siglo de las Luces esta institución jugó un papel decisivo en la creación de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, y trató de resucitar –con escaso éxito– las pesquerías transatlánticas fundando la Compañía Ballenera de San Sebastián.

El Consulado contribuyó a sufragar en aquel tiempo una nueva edificación destinada a Casa Consistorial y en ella tuvo su sede y archivo, ocupando una de sus plantas nobles. La Casa-Torre del puerto era una de las dependencias del Consulado y se utilizaba como domicilio del teniente del muelle, almacén y prisión, aunque durante tiempo indeterminado fue utilizada también como Escuela de Náutica.

La destrucción de la suntuosa construcción barroca concebida como Ayuntamiento y Consulado fue uno de los efectos de la devastadora acción de las tropas anglo-portuguesas de 1813. En el incendio provocado desaparecerían también los archivos de la ciudad. Gran parte de la memoria histórica local se volatilizó en tan aciaga jornada, incluyendo los documentos que hubieran permitido reconstruir con detalle la trayectoria del Consulado y del edificio que nos ocupa.

Aun cuando se desconoce la fecha exacta de construcción de la Casa-Torre, ésta debió efectuarse a mediados del siglo XVIII. Su presencia se detecta ya en un plano de San Sebastián de 1760, con la denominación “Casa del Consulado”. Fuente bastante precisa sobre los servicios y funciones que desempeñó son las ordenanzas del Consulado de 1766. Se indica en ellas que en la Casa-Torre del Consulado tenían su asiento y domicilio el teniente del puerto y su bedel. El teniente debía encargarse de auxiliar a todas las embarcaciones, bien fueran mercantes o buques de guerra, que hallándose en la bahía o sus inmediaciones se encontraran en dificultades. Para ello tenía a su disposición un almacén provisto de cables, calabrotes, guindalezas, anclas y anclotes de todo género.

Contaba también con una “lancha grande” que debía estar siempre preparada para dar socorro en casos de necesidad y temporal.

Emblema del Consulado de San Sebastián, 1766La Casa-Torre disponía de una campana que se utilizaba para llamar a los mareantes de la Cofradía de San Pedro en caso de que su ayuda fuera necesaria de noche, una vez cerradas las puertas de la ciudad, para acudir a alguna operación de salvamento. Esta campana servía también para recabar la colaboración de los ciudadanos en la extinción de los incendios que pudieran producirse en los barcos. La campana que hoy puede verse en lo alto de la torre lleva grabada la siguiente inscripción: “Soi de el noble Consulado de esta ciudad 1799”.

El teniente del puerto tenía además la obligación de disponer de suficiente espacio de almacenamiento en la casa para depositar la carga de los buques en el supuesto de que llegaran al puerto con vía de agua o sufrieran en él algún percance.

El auxilio marítimo era pues una de las atribuciones más destacadas de la Casa-Torre. El célebre “Derrotero” de Vicente Tofiño, publicado en 1788, resulta significativo al respecto: “Con vientos forzados del cuarto cuadrante es peligrosísima la entrada en dichos muelles, porque se tiene precisión de fondear frente del muelle exterior, donde absolutamente no hay abrigo alguno, y es menester en el punto de la pleamar ser auxiliado por las lanchas del país, que le llevan a bordo el chicote de un cable, y que viren desde tierra por él hasta introducirlo dentro de los muelles. Esta maniobra siempre es arriesgada no obstante del mucho celo del Consulado, que tiene un almacén bien provisto de cables, calabrotes, guindalezas, cabrestantes sobre el muelle, y grandes cuadernales y motones para formar aparejos”.

Casa-Torre del Consulado a comienzos del siglo XX.Hasta comienzos del siglo XIX la Casa-Torre fue el único edificio ubicado en el espacio portuario. Las embarcaciones que arribaban una vez cerradas las puertas de la ciudad tenían que recurrir a ella para obtener ayuda, bebida y alimentos. El teniente podía suministrar pan, vino y otras provisiones siempre que fuera antes de las ocho de la noche. A partir de esa hora, los marineros debían retirarse a sus embarcaciones.

En el siglo XVIII la Casa-Torre fue utilizada además como Escuela de NauticaEncargado de velar por el buen orden en el puerto el teniente podía encarcelar a los alborotadores. En las Ordenanzas del Consulado se define así su cometido en la materia: “Hará que en ninguna embarcación haya escándalos entre Capitanes y su tripulación, y celará especialmente de noche para su remedio, y a cualesquiera delincuentes arrestará, y dará parte”.

En un plano de 1773, correspondiente a un proyecto de ampliación del puerto presentado por el arquitecto Pedro Ignacio de Lizardi, se alude al edificio del Consulado como “Torre en donde se enseña la Náutica”. El Consulado estableció su Escuela de Náutica y Cosmografía en 1765, encaminada, al parecer, a la formación de pilotos de altura para las navegaciones de Ultramar. Según se desprende de un documento facilitado por la historiadora Itsaso Ibáñez, esta Escuela obtuvo Real Protección en 1784 tras la inspección efectuada por el gran marino José de Mazarredo, por entonces Jefe de Escuadra de la Armada. A través del mencionado documento –que nada dice sobre la ubicación de la Escuela– sabemos también que por aquel tiempo el maestro del centro de enseñanza era Asencio Amestoy, quien ejercía además el cargo de teniente de puerto y muelle.

La Casa-Torre sobrevivió al asalto de 1813, aunque, según se aprecia en un dibujo de la época, también debió sufrir algún destrozo. Un documento municipal dejó además constancia de su saqueo a manos del comandante de un bergantín de la Armada británica, quien mandó sustraer del edificio cables, velámenes, anclas, hierro y otros útiles.

Puerto de Donostia a comienzos del siglo XXCon la llegada del siglo XIX y sus convulsiones políticas el Consulado perdería parte de sus atribuciones hasta derivar en la actual Cámara de Comercio. La Casa-Torre pasó a manos del Estado convirtiéndose en dependencia del Ministerio responsable de obras públicas y puertos. En ella el teniente de muelle compartiría vivienda con el capataz encargado de las obras y mantenimiento del puerto. En una foto de finales del XIX se lee en la fachada del edificio un gran rótulo que delimita su función: “Obras Públicas y Auxilios Marítimos”. Para entonces el teniente había pasado a residir en otro edificio cercano al muelle.

En julio de 1936, durante los primeros días de la guerra civil, fue utilizado como refugio por los vecinos del muelle ya que en él se encontraban más protegidos contra el fuego cruzado y las balas perdidas.

Kai-Arriba, óleo de Miguel Altube, 1892. Colección Museo de San TelmoHasta 1988, año en que comienzan las obras de habilitación de la Casa-Torre como Museo, el edificio cumplió una serie heterogénea de funciones. Además de domicilio del capataz, sirvió para alojar la lancha del farero de la isla, el equipamiento de los buzos del puerto y los utensilios del servicio de limpieza y obras del muelle. Llegó incluso a ser utilizado como vivienda de un chófer de la Delegación de Obras Públicas y oficina para la matriculación de coches.

Según Rafael Aguirrehasta los años setenta la Casa-Torre siguió siendo vivienda del capataz del muelle. Transferido al Gobierno Vasco pasaría finalmente a manos de la Diputación Foral de Gipuzkoa.

Desde la modestia de su arquitectura la Casa-Torre del Consulado evoca sugestivos episodios del pasado marítimo de la ciudad. Testigo silencioso de los últimos años de la Compañía de Caracas y de la creación de la de Filipinas, tiempos en que los muelles olían a cacao, tabaco y canela, por sus ventanas el puerto se veía en ocasiones erizado de mástiles escandinavos, holandeses, franceses, ingleses, cántabros y vizcaínos. En sus aledaños se afanaban los marinos donostiarras que se disponían a zarpar hacia Cuba y Venezuela. El viejo lema del Consulado resonaba probablemente en su memoria:

Giro la vuelta al mundo
y al riego de mi sudor
toda la tierra fecundo
con la industria y el valor

Desde el observatorio de la Casa-Torre se pudo asistir con asombro a la arribada de los primeros buques de vapor que en su audacia tecnológica anunciaban el declinar de la navegación a vela. Atalaya de dos siglos y medio de actividad portuaria, desde ella se ha visto el duro bregar de muchas generaciones de familias pescadoras y el aristocrático inicio de la navegación de recreo.

Rampa de varada del puerto de San Sebastián (1857-1873). Gouache de Didier Petit de Meurville, Colección Javier Satrústegui

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